En las últimas semanas fuimos testigos de sucesos deportivos relevantes, ya que representaciones nacionales, de dos de los principales deportes en Chile, enfrentaron importantes eventos internacionales. En fútbol, la selección masculina disputó el Sudamericano sub 20, torneo clasificatorio para los Juegos Panamericanos de este año y el Mundial de Polonia, mientras que, en tenis, mujeres y hombres tuvieron acción en la Fed Cup y Copa Davis, respectivamente.
Los resultados fueron bastante variados. En el Sudamericano
sub 20, la campaña terminó con un rotundo fracaso, en Fed Cup se cumplió un
digno papel y en Copa Davis el rendimiento se alzó por sobre la media de los
últimos años. Veamos esto con un poquito más de profundidad.
El Sudamericano sub 20 se organizó en Chile y el equipo
nacional realizó un proyecto de dos años, el cual contó con un entrenador que
pudo trabajar en forma estable y con una base de jugadores que jugó partidos
amistosos de preparación de buen nivel. Todo empezó mal (empate con Bolivia y
derrota con Venezuela), pero luego se le ganó a Brasil –en un triunfo histórico
en las categorías juveniles-, con lo cual la clasificación al hexagonal final
parecía estar muy cerca. Bastaba con empatar ante Colombia, pero un gol de los
colombianos en el minuto 95 con siete segundos enmudeció a todos los fanáticos
chilenos. En resumen, jugadores llorando, entrenador renunciado y un “Desastre
de Rancagua” futbolístico.
En la Fed Cup, Chile iba con la misión de intentar llegar a
la final del Grupo I de la Zona Americana y, eventualmente, obtener el único
cupo para el repechaje del Grupo Mundial II. En la fase grupal, quedó con
Puerto Rico –con Mónica Puig, la mejor latinoamericana del ranking WTA-, Brasil
–con Beatriz Haddad Maia, jugadora que antes de lesionarse estuvo en el Top 50-
y Argentina –que a pesar de no tener a sus dos principales singlistas igualmente
tenía un equipo interesante-, es decir, un duro grupo. Se perdió ante las
brasileñas, en una confrontación en la cual quizás se pudo haber hecho algo
mejor, pero se derrotó a las portorriqueñas (aunque sin Mónica Puig) y a las
argentinas. Se rozó la posibilidad de entrar a la final, se consolidó una buena
dupla en dobles y las singlistas tuvieron resultados dentro de lo aceptable o
lógico.
Por último, en la Copa Davis, ahí todo fue alegría. Chile se
impuso como visita a Austria –hace más de 50 años que no se ganaba en Europa,
aunque los centroeuropeos no contaron con su gran figura-, Nicolás Jarry no
jugó bien, pero obtuvo victorias en sus dos individuales, Tomás Barrios mostró
un excelente nivel en el dobles y Christian Garín mató los fantasmas coperos y
derrotó de gran forma a su rival en el quinto punto. Además, Nicolás Massú
volvió a demostrar que es un excelente capitán de Copa Davis. Como gran
corolario, el equipo chileno regresó al Grupo Mundial de Copa Davis (o de lo
que queda de esta histórica y tradicional competencia).
¿Qué tienen en común estos hechos deportivos? Básicamente,
que muestran diversas caras de un mismo problema. Se trata de la precariedad
del deporte chileno y, particularmente, de lo mal que se trabajó en el tenis y
fútbol chileno a pesar de haber tenido generaciones espontáneas de grandes
deportistas.
Hace algunos años, Chile se deleitó con Marcelo Ríos (primer
iberoamericano en ser número uno del mundo del ranking ATP), Fernando González
(4° del mismo listado, finalista de Grand Slam y medallista en dos Juegos
Olímpicos) y Nicolás Massú (9° y ganador de singles y dobles de los Juegos Olímpicos
de Atenas 2004). Fueron cerca de 18 años gozando con grandes resultados y
viendo a Chile en lo más alto, ahí en la élite del tenis mundial. Tanto así,
que tras los retiros o caídas de estos grandes ídolos, Paul Capdeville –que llegó
a ser 76° del ranking ATP y que tuvo triunfos antes jugadores del Top 20-
generaba anticuerpos y recibía muchas críticas por su “mal nivel”. ¿Qué pasó
luego que estos tenistas se retiraran? Chile cayó al vacío y, en un par de
años, ya estaba en el Grupo II de la Zona Americana de Copa Davis e incluso
peleando para no llegar al Grupo III de la Zona Americana. De la noche a la
mañana, hubo que apurar a los más jóvenes (Jarry, Garin y Gonzalo Lama), pues
nunca hubo una transición, ni una generación intermedia que permitiese mantener
a la escuadra nacional en un nivel decente. En pocas palabras, nunca hubo una
planificación de corto, mediano y largo plazo. Nadie trabajó para desarrollar,
a nivel nacional, al tenis. Lo único que sí ocurrió fueron robos, dineros mal
utilizados –y en eso también hubo responsabilidad de jugadores que, sin asco,
recibían 80, 120 o 150 millones de pesos por jugar en la Copa Davis-,
corrupción, amiguismos, cargos directivos y administrativos ocupados por
sátrapas, prensa incapaz de investigar y denunciar a los corruptos, etc. En
pocas palabras, se destruyó al tenis chileno –hasta hoy, NADIE ha dado la cara
por eso- y la culpa no solo fue de quienes dirigieron al tenis en esos años,
sino que también de quienes, a pesar de vivir del tenis, hicieron nada por
cambiar las cosas. Entrenadores, tenistas, familiares de tenistas, cancheros,
jueces de silla, árbitros, dirigentes, preparadores físicos y periodistas,
entre otros. Hoy, el tenis chileno vuelve a la élite, pero solo gracias a que,
como ya es tradición en Chile, hubo familias que apoyaron con todo a sus hijos,
nietos, sobrinos o lo que sea. Así es que Jarry entró al Top 50, Garín al Top
100 y Lama al Top 200. ¿Algo del estado o la federación? Poco y nada.
Misma situación ocurre con el tenis femenino chileno, donde
nunca ha habido apoyo permanente por parte del estado y la federación. Las
pocas gladiadoras (porque seguir insistiendo a pesar de no tener perspectivas
merece ese apelativo) que intentan hacer algo en el tenis se mantienen a flote
gracias a sus familias. Claro, al igual que en el caso de los hombres, de
repente caen unos millones por el ADO o por alguna gestión de algún estoico
funcionario de la federación o del estado. Pero no hay más que eso y el goteo
no sirve para triunfar en el competitivo circuito mundial. Por eso, los medios
se jactan que Chile lleve cuatro años seguidos en el Grupo I de la Zona
Americana de Fed Cup y que incluso, hace pocos años, las chilenas jugasen la
final ante Canadá. Es lo mejor que ha ocurrido desde mediado de los años
noventa, cuando Paula Cabezas, Paulina Sepúlveda y Bárbara Castro lograron que
Chile disputase el repechaje del Grupo Mundial y, además, incluso llegaran a
los Juegos Olímpicos. Por eso, ver a Daniela Seguel bordeando el Top 150 y
ganándole a jugadoras del Top 100 es un gran mérito, pero no del estado, ni la
federación, sino que de su familia, sus entrenadores, de la mencionada Cabezas
(le da alojamiento en su casa, en Barcelona), de la Clínica Meds, de Colo Colo
(¡¡un equipo de fútbol apoya a una tenista!!) y de muchas otras personas que,
en forma anónima, siempre han acompañada a Seguel a lo largo de su travesía en
el tenis.
Por último, lo del fútbol es aún más dramático. Chile fue
BICAMPEÓN de América, en algo nunca antes visto y que todavía cuesta creerlo. A
diferencia del tenis, la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) y el
estado apoyaron mucho a la selección, lo cual significó que se clasificara a
dos mundiales consecutivos y que se ganara, de igual forma, la Copa América.
Dos grandes hitos que tapaban, al mismo tiempo, las grandes fallas
estructurales del fútbol chileno y los fracasos, uno tras otro, de las
selecciones juveniles chilenas. Hoy, cuando la “generación dorada” empieza a
despedirse –solo Arturo Vidal y Charles Aránguiz siguen destacando en las
grandes ligas-, el fútbol nacional se ha enfrentado al mismo problema del tenis
masculino, es decir, no hay un recambio o generación de transición de nivel
intermedio que baje las revoluciones en la caída libre que sufre la “Roja”.
Peor aún, la ANFP terminó involucrada en escándalos de corrupción y mafias de
nivel mundial, con Sergio Jadue detenido en Estados Unidos y controlado por el
FBI. Además, repitiendo el esquema de la Copa Davis, se le dieron millonarios
premios a los jugadores, llegando al extremo de premiarlos por no haber
clasificado al Mundial de Rusia 2018.
De esta forma, queda clara, a través del Sudamericano sub
20, la Fed Cup y la Copa Davis, que, más allá de los resultados, la
institucionalidad de dichos deportes, las políticas deportivas del país y el
desarrollo (más bien, subdesarrollo) de aspectos tan importantes -como planificación a largo plazo, las ramas femeninas y juveniles,
la masificación a nivel nacional, el desarrollo de centros de captación y formación
de talentos, entre otros- no permiten estar muy contentos.
Una golondrina no hace verano.

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